Óleo sobre lienzo de 130 × 196 cm que David presentó en el Salón de 1787. Sócrates, condenado a muerte por Atenas, alarga la mano hacia la copa de cicuta mientras sigue hablando a sus discípulos de la inmortalidad del alma, tal como lo cuenta Platón en el Fedón. El propio Platón aparece a los pies del lecho, de espaldas a la escena; Critón, sentado junto al maestro, le agarra la rodilla; el que le tiende la copa aparta la cara. Se conserva en el Metropolitan Museum de Nueva York.
Pintado dos años antes de la Revolución, se leyó enseguida como una lección cívica: morir por las propias ideas antes que traicionarlas. Thomas Jefferson, entonces embajador en París, lo vio en aquel Salón.